La pelota no se mancha

Andrés Rosales Valdés

Diego Armando Maradona “Pelusa” tuvo incontables ocurrencias, muchas de ellas se volvieron frases que usamos de forma habitual para explicar situaciones de la vida cotidiana. “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”, fue el comentario de Maradona en su partido de despedida en el 2001, dentro del estadio de Boca en Buenos Aires, Argentina. Así, frente a miles de hinchas, hizo un paralelismo entre los desórdenes de su vida personal y el deporte. No podemos negar que los demonios, vicios y debilidades que atacaron a este destacado futbolista son los mismos que embisten a muchos en este mundo, Maradona no supo, como muchos otros, permanecer sin sobresaltos.

Podemos entrar en la discusión de que, si Maradona fue mejor o peor que otros deportistas exitosos, lo que no podemos negar es que era un fuera de serie, un extraordinario futbolista que se destacaba, por mucho, del resto de los jugadores en la cancha y que podía lograr contagiar con sus virtudes al resto de su equipo y hacer que jugaran mejor.

Además de coincidir con él en la fecha de cumpleaños, tuve el privilegio de verlo jugar en vivo con la selección de Argentina que salió campeona en el segundo mundial de futbol en el que nuestro país ha sido sede, México 86. En ese tiempo mi vida giraba alrededor del futbol, y recuerdo con mucha alegría el día en que mi padre me dijo que iríamos a la ciudad de México, al Estadio Azteca, para ver un partido del mundial. En ese momento no sabía el tipo de partido que nos tocaría vivir, una experiencia maravillosa, desde la salida del hotel aquél domingo 22 de junio por la mañana, el desayuno en un restaurante cercano al estadio por la calzada de Tlalpan, y finalmente la caminata desde el estacionamiento rumbo a las rampas de acceso de este magno centro deportivo que lucía repleto para ver un partido de cuartos de final que, a la postre, prometía mayor emoción pues tenía tintes políticos por los conflictos previos entre las naciones participantes.

Entramos al Coloso Santa Úrsula y nos acomodamos en nuestros lugares, un palco en la cabecera norte de este imponente estadio, precisamente frente a la portería donde Maradona marcó, en cuestión de cinco minutos, dos goles a Peter Shilton, el arquero de Inglaterra que nunca perdonó al nacido un 30 de octubre de 1960 en Villa Florito en la Argentina, pues esos dos goles se recuerdan de manera especial en el argot del deporte, pues ambos fueron memorables. El primero, bautizado como “la mano de Dios” tras el ingenio del Pelusa ante el asedio de los medios de que el gol había sido marcado ilegalmente con la mano; y, el segundo, según las encuestas de la FIFA, fue el “gol del siglo”, donde Diego dejó plantados en la cancha a cuanto inglés se le topaba en su camino, y terminó por quitarse al portero para hacer una majestuosa anotación que lo lanzó a lo alto y marcó su carrera futbolística.

Maradona nació y vivió para ser futbolista, en una entrevista dijo “si me muero, quiero volver a nacer y quiero ser futbolista, no importa mi condición económica, si una vez pude salir adelante y ayudar a mi familia, lo volvería a hacer”. No cabe duda que fue un ídolo y un ejemplo en la cancha, y muchos lo recordaremos por eso, por lo grande que hizo a este deporte y porque nos enseñó la debilidad humana y lo complicado que es mantenerse firme en lo alto, sin que el vértigo haga de las suyas. Descansa en paz un genio del futbol, uno de los más grandes que siempre recordaremos en la historia del balompié.

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