El camino a la reconciliación

Zaide Seáñez Martínez

Hace unos días vi la película El camino (The Way) con el actor Martin Sheen, cuyo verdadero nombre es Ramón Antonio Gerardo Estévez. Esta película la protagonizó en 2010, con 70 años de edad. Su talento ha quedado demostrado a través de su amplia filmografía y su participación en series como Grace and Frankie, donde hace el papel de un hombre mayor que declara a su pareja, tardíamente, que es homosexual. Una garantía como comedia debido a la majestuosa actuación de Sheen y Jane Fonda.

En El camino, Sheen es padre de un peculiar aventurero ‒Emilio Estévez, su hijo en la vida real‒ quien decide viajar a Europa solo, ante el fallido esfuerzo por convencer a su padre de que lo acompañe, pues no hay una buena relación entre ellos. El padre, trabajador y conservador en su estilo de vida; el hijo, más arriesgado, viaja ligero por la vida. Daniel (hijo) cree que su progenitor no ha sabido vivir. Así se lo hace saber en una escena rumbo al aeropuerto. Tom (padre) se limita a responder que es la vida que le tocó. De manera instantánea, como si el hijo tuviera la contestación guardada por mucho tiempo, le responde con una frase que a cualquiera de nosotros cimbraría: “Uno no escoge una vida…la vive”.  Una expresión tan corta, pero a la vez, tan llena de sabiduría,  refleja la libertad del hombre y la mujer para decidir qué tipo de viajeros ser en esta hermosa aventura que es la vida.

La trama de la película se desarrolla cuando el padre debe viajar a Francia por un asunto de familia. No describo el motivo para generar curiosidad. El asunto es que decide ser peregrino en El Camino de Santiago, viajando desde los pirineos franceses a Santiago de Compostela, en España. La travesía resulta muy interesante, ya que el espectador es testigo del proceso de cambio interior y exterior de Tom. La interacción con personajes realmente opuestos a su personalidad lo obligan a abrir su corazón y dejarse acompañar por unos completos extraños, pero no sólo física, sino espiritual y emocionalmente. Construye amistades entrañables durante el peregrinaje; incluso, se puede deducir que logra perdonarse por fallar como padre. 

El camino es un mosaico de sentimientos y actitudes diversas, como la empatía, la fortaleza, la añoranza, el perdón, la esperanza, el compañerismo, la flexibilidad, la tolerancia y la resiliencia. Es una obra que refleja la posibilidad de vivir de otra manera, de que nunca es tarde para cambiar a pesar de las adversidades que pueda presentar la vida.  Es un trabajo fílmico que prueba la fuerza del cariño de un padre hacia su hijo, que lleva a Tom a hacer cosas de las que nunca se creyó capaz. Una muestra más de la potencia del amor paternal, el que sobrepasa fronteras físicas, mentales y espirituales. Es una película que incita la reflexión, a pensar en los caminos que nos falta recorrer con y por nuestros hijos e hijas. En suma, que invita vivir la vida, y  olvidarnos de elegirla vivir. 

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