Historias cotidianas

Laura Elena Parra López

Para sobrevivir debes contar historias / Umberto Eco

Contar historia rompe la cotidianeidad, hace comunidad, ayuda a que las experiencias humanas perduren en la memoria colectiva. Se cuentan historias para que otros las escuchen, las lean, las conozcan (nos conozcan). Las historias enriquecen, educan, divierten, inspiran, nos permiten acceder a otros mundos, a otras formas de vida, a otras subjetividades.

Hay personas que son excelentes contadoras de historias, Cristina Pacheco es una de ellas. Las que nos narra en su libro El eterno viajero (Océano, México, 2016, 264 pp.), nos pueden llevar a la reflexión o a recordar algún episodio de nuestras vidas porque es fácil identificarse con ellas.

Cristina Pacheco, la periodista del programa Aquí nos tocó vivir —programa de televisión que conduce desde 1978 y que fue catalogado por la Unesco en el 2010 como Memoria del Mundo de México—, la que hace entrevistas entrañables a cualquier persona, “a las personas de a pie”.

Cristina Romo Hernández, mejor conocida como Cristina Pacheco, nació en San Felipe, Guanajuato el 13 de septiembre de 1941. Es egresada de la Licenciatura en Lengua y literaturas hispánicas de la Facultad de Filosofía y letras de la UNAM. En los años sesenta empezó a escribir y algunas de sus primeras colaboraciones las firmó bajo el seudónimo de Juan Ángel Real. Desde 1965 ejerce el periodismo en radio, televisión, prensa y en medios electrónicos. Su programa Conversando con Cristina se transmite desde hace 23 años. Ha escrito varios libros, antologías y cuentos infantiles. Le han otorgado más de cincuenta premios entre los que se encuentran el Premio Nacional de periodismo (1985), el Manuel Buendía (1992), el Fernando Benítez (2000) y el Rosario Castellanos (2012).

El eterno viajero está compuesto por cuarenta y siete historias que Cristina Pacheco seleccionó de 2014 a 2016; todas ellas fueron publicadas en su sección dominical Mar de historias del periódico La Jornada, donde colabora desde 1985.

Para quien tiene ganas de leer algo sencillo, agradable y humano, este es un buen libro. Entre las historias encontramos aquella que muestra las insistentes llamadas telefónicas en las que ofrecen tarjetas de crédito o promociones aun cuando la persona ya haya fallecido. El relato en el que se hacen evidentes las horas de vida que invierten los habitantes de la capital en el ir y venir, de lunes a viernes, a su trabajo. Aquella otra que nos muestra a la familia humilde que tiene una pequeña casa, en la que es imposible la más mínima intimidad y al encontrar una, un poco más grande, que se ofrece en renta, se ilusionan y van a verla; cuando escuchan el precio se les ilumina la cara porque piensan que, con sacrificio, podrán rentarla y, casi de inmediato, la sonrisa se desvanece al tiempo en que la persona que se las muestra termina de decir el precio y la última palabra que lo escuchan decir es, “…dólares”.

Para terminar, los invito a leer El eterno viajero de Cristina Pacheco y es probable que, si nos gusta este tipo de literatura, al leer sus historias tengamos la sensación de estar sentados en una mecedora afuera de nuestras casas —como hacían nuestros padres y nuestros abuelos por las noches, cuando nuestro México era distinto— conversando y escuchando a una persona querida que nos cuenta historias.

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